Si me pronosticasen un tiempo de vida limitado, pongamos un par de meses, está claro que no querría sentarme a ver como muero. Cualquier persona respondería tópicos como que le gustaría aprovechar al máximo lo que le queda de vida, vivir cada día como si fuera el último, pasar tiempo con su familia. Yo querría inmolarme, ya que está claro, que cuando no tienes nada que perder, puedes arriesgarlo para ayudar a los demás, matas dos pájaros de un tiro: Dejas de sufrir y mueres contento sabiendo que ayudas a alguien y, además, te consagras como un ‘santo’ para el resto de tu no-vida.
Expliquémonos, mucha gente confunde el significado de inmolarse y suicidarse, cuando prácticamente son antónimos, al menos en sus objetivos. Inmolarse es desinteresado, es sacrificarse por alguien o algo, mientras que suicidarse es egoísta, lo haces sin pensar en nadie más que en ti mismo. Si eres capaz de salvar una vida (o más de una), o de mejorar el mundo de alguna manera, teniendo que sacrificar tu vida para ello, ¿Qué importa? En ese momento tu vida ya no vale nada. Muere ayudando y muere feliz, y además, gánate la famosa vida de la fama, de la que hablaba Manrique en sus Coplas.
Lógicamente, no me estoy acercando lo más mínimo al caso de Iván Illich, cuya enfermedad ni siquiera le dejaba levantarse, pero, seguro que el pobre Iván, al igual que su creador, sabría cual es la manera de ayudar para morir tranquilo, y para además, ser recordado por el resto de la historia. Para mí, sería lo más importante, morir tranquil sabiendo que mi vida, ha servido para algo positivo a la humanidad.
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