Las matemáticas son doñas perfectas. Son igual que la niña perfecta y repelente que alguna vez todos hemos conocido. Nunca se equivocan, y eso pone nervioso a cualquiera. Al igual que la perfecta niña insoportable, te miran con superioridad como diciéndote: Somos la absoluta perfección, y provocan el recelo de otras ciencias a las que ya hemos visto corregirse a sí mismas. Las matemáticas siempre han sido como son, y un nuevo descubrimiento matemático no anula los anteriores. Son absolutamente perfectas, y como niñas repelentes, te lo hacen ver. Tú sabes que es cierto, que todo lo hacen bien y que nunca se equivocan, pero te embarga la rabia por su absoluta perfección, porque sabes que las odias, pero también que son infalibles.
Yo no soporto la perfección absoluta, y por eso mi manera de manifestarme en contra de la matemáticas, es usándolas de manera equivocada, para eliminarles ese poder infalible. No creáis que me dedico a escribir 5 + 7 = 14 y me río como un malo malísimo de película mientras pienso que rompo las reglas matemáticas. No, a lo que me refería es que, por ejemplo, uso la estadística a mi juicio, sin valor matemático. Para explicar las opciones que tengo de que un plan salga bien o mal pongo un número estadístico, aunque realmente no tenga valor matemático al no existir ningún hecho que respalde esa probabilidad. ¿Puedo acertar? Es posible, pero eso solo significa que las matemáticas ahí tendrían poco valor o ninguno, aunque es divertido escudarse en ellas.
Las matemáticas nunca fallan, eso es así. Pero lo infalible no tiene cabida en un mundo falible. Por lo tanto, aunque las matemáticas por sí mismas sean perfectas, no te aseguran no estar equivocado, porque aunque yo las use con consciencia de que me equivoco a propósito, es posible (digamos una probabilidad del 38%) que alguien se equivoque al usarlas y por tanto, estaría errando, al igual que yo. La diferencia es que yo lo sé y el no. ¿Quién es el loco ahora?
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